De Fenicia para el mundo

Algo de la historia del alfabeto.

Las letras con que a diario escribimos y que creemos propias o, por mucho, propiedad del mundo occidental, tienen el mismo origen de las cuadradas y bellamente enigmáticas letras con que está escrita la Biblia hebrea. Ahora lo veremos.

El principio fue en Fenicia.

Sí: todo principia en Fenicia, en el Oriente que por eurocentrismo llamamos cercano o próximo. Los primeros testimonios escritos se datan alrededor del 1200 a. C. Es decir, unos cuatro milenios llevamos garabateando en cuanta parte ocurre la necesidad.
Dichos testimonios fenicios no fueron la primera escritura, por supuesto. Mas como lo que nos interesa es la escritura alfabética (un signo por sonido), no diremos nada de los antecedentes jeroglíficos de la escritura. A propósito, el alfabeto fenicio, como suele ocurrir en lenguas semíticas, solo marcaba las consonantes. Un ejemplo: si quisiéramos escribir “latín” con el alfabeto hebreo, tendríamos que poner  ltn (לטן n-t-l, porque el orden de escritura es inverso).

Un desarrollo griego.

Óstracon con el nombre de Cimón, s. V a. C. Museo de la antigua ágora, Atenas.

Óstracon con el nombre de Cimón, s. V a. C. Museo de la antigua ágora, Atenas.

Los fenicios eran comerciantes, como bien se sabe. Llevaron, pues, a todos los rincones del Mediterráneo no solo bultos de púrpura, sino también una remesa de letras. Los griegos, y tenían conciencia de ello, usaron las letras fenicias adaptándolas a sus  necesidades. Ya dijimos que, en lenguas semíticas, lo importante es marcar las consonantes. No así en las lenguas occidentales, donde hace falta poner las vocales, y donde los diptongos son corrientes. Los signos vocálicos son, entonces, el aporte griego a la tecnología de la escritura.
Dicha adaptación tuvo lugar hacia los siglos IX-VIII a. C., es decir, tiempos homéricos. Como ya se dijo del fenicio, el griego tuvo una forma anterior de escritura. Como era de tipo silábico, tampoco nos detendremos en ella.

Una escritura universal.

Base de donario de Tívoli, s. VI a. C. Testimonio menos conocido que la fíbula prenestina, pero menos polémico. Nótese que los dos primeros renglones van de derecha a izquierda, el último a la inversa. Fuente: Ignacio-Javier Adiego, Latomus 56, 1997.

Base de donario de Tívoli, s. VI a. C. Testimonio menos conocido que la fíbula prenestina, pero menos polémico. Nótese que los dos primeros renglones van de derecha a izquierda, el último a la inversa. Fuente: Ignacio-Javier Adiego, Latomus 56, 1997.

A poco de usar el alfabeto, hacia el s. VII a. C., los griegos de Cumas pasaron el invento a los etruscos, que entonces dominaban la península itálica. A diferencia del caso griego, no surge inmediatamente una literatura, y dicho periodo solo se conoce por inscripciones sueltas. No fue antes del fin del primer milenio que ello ocurrió, con aquella cristalización de la lengua literaria que conocemos como latín clásico.
Lo ocurrido después es mejor conocido: se riega el latín por el mundo antiguo, el cristianismo se hace religión imperial y, mucho después, pasa a América una lengua también imperial, que se sirve del mismo alfabeto que la lengua del Lacio. Al escribir esta reseña usamos un sistema milenario, que ha recorrido miles de kilómetros en todas direcciones.

 

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