Cuentos viejos: el Philógelos

De la continuidad del humor.

Poco se sabe de Hierocles y Filagrio, sus presuntos autores, como escasos son otros datos. Lo cierto es que el Philógelos es la antología humorística más antigua que se conoce: siglo IV d. C., más o menos.
Situaciones absurdas o estúpidas y confusiones de identidad son la materia principal de los chistes, junto con estereotipos regionales y menosprecio de la inteligencia de los extranjeros[1].
Por tales rasgos, la antología de bromas ha sido objeto de dos ediciones modernas: una por William Berg[2], quien tuvo la feliz ocurrencia de darle el texto a un veterano comediante londinense para que lo representara, mutatis mutandis. La otra por Dan Crompton (nota 1), hecha pensando en el público moderno.
Las demás ediciones modernas (siglos 19 y 20) han intentado establecer el texto griego, ofreciendo  la vez traducciones a lenguas modernas. Existe también en español, por Manuel González Suárez, para Ediciones Clásicas (no está en las bibliotecas bogotanas).
La versión inglesa de Baldwin, 1983, no es la primera, como aseguran en El Malpensante. Conocemos una selección decimonónica...

La versión inglesa de Baldwin, 1983, no es la primera, como aseguran en El Malpensante. Conocemos dos selecciones decimonónicas…

Las versiones primitivas.

Como en toda antología, la procedencia de los materiales es variada. Berg, en su Prefacio, asienta que los manuscritos del Philógelos datan de los s. XI a XV, con alto grado de variantes; que a su vez apuntan a un arquetipo del s. IV, habida cuenta del contenido y del lenguaje.
El corpus se ha ido acrecentando entre las fechas apuntadas, pero es claro que el cuerpo principal pertenece al tiempo de Constantino. Época de transición en que los bárbaros minaban la estabilidad imperial, a tiempo que el panteón pagano cedía sus privilegios al Dios único.

Tradición de los asteia (ἀστεῖα).

Una treintena de chistes existía en un mismo códice del s. X, en donde venía un Comentario a los Versos áureos de Pitágoras. Las dos obras aparecieron impresas en 1605; luego los asteia también se conseguían sueltos. Lo curioso del caso es que, impresos juntos, los editores daban alguna clase de excusa por poner una obra jocosa al lado de un comentario a un texto místico.
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Pedro Needham (1709), como le sobraran unas páginas, insertó los chistes, si bien le parecían ridículos y de «grecidad» (estilo) inferior.

La primera adición significativa al repertorio fue la de Rhoer, en 1768, quien tomó 66 de los 68 descubiertos en el códice vindobonense (V). A dicha fuente viene a sumarse, luego, el códice augustano (luego llamado Monacensis), con acopio de 125 piezas. Pontano publicó 109 de ellos, con versión latina. Pero Minas casi duplica el corpus, al darle a Boissonade una copia de un códice con 258 facecias, y que se editó en 1848. El último paso editorial del Philógelos se debió al académico Alfred Eberhard, quien en 1869 subió la cifra de cuentos a 264 (y cuya edición parece que no supera la Teubneriana de Dawe, 2000).
En cuanto al contenido, es bien probable que se trate de la mezcla de dos colecciones humorísticas: una de Hierocles y otra de Filagrio. Ello explicaría el hecho de que hay unos cuantos gracejos repetidos casi textualmente.
Al parecer, Curterio era triscaidecáfobo. Edición londinense de 1654.

Al parecer, Juan Curterio era triscaidecáfobo. Edición londinense de 1654.

Para el siglo diecinueve referimos la novedad de que un grecoparlante (esmirniota de nacimiento) edita los chistes con versión paralela al griego moderno, más la versión francesa, pues apareció en París, 1812.
En la portada firma "por un quío", que no era otro que Diamante Corais (1748-1833).

En la portada firma «por un quío», que no era otro que Diamante Corais (1748-1833).

 

Algo sobre los chistes.

Prometemos un florilegio personal del Philógelos. Por ahora, llamamos la atención sobre un tópico: el scholastikós (σχολαστικός). En las versiones latinas emplean el grecismo scholasticus. En las versiones francesas e inglesas hemos visto usado el término pedant, aunque también professor. En lenguas modernas, dicha voz significaba «maestro de escuela», pero hoy es generalmente quien alardea de su erudición. Ambos sentidos, por supuesto, están registrados en lengua griega.
Que el escolástico -quien se ocupa en examinar opiniones- es motivo de burla para sus congéneres, ya lo sabía Arriano cuando refería el sistema de su maestro Epicteto:
ὁρᾷς οὖν, ὅτι σχολαστικόν σε δεῖ γενέσθαι, τοῦτο τὸ ζῷον οὗ πάντες καταγελῶσιν, εἴπερ ἄρα θέλεις ἐπίσκεψιν τῶν σαυτοῦ δογμάτων ποιεῖσθαι (Arr. Epict. I 11 39).
Ves, entonces, que te toca convertirte en un escolástico, aquella bestia de quien todos se ríen, si en verdad quieres examinar tus propias opiniones.
Veamos, pues, ese primer apunte contra los escolásticos que nos ha transmitido el Philógelos:
Un profesor, queriendo nadar, casi se ahoga. Gritando declaró que no volvería a tocar el agua, sin antes aprender a nadar.
Versión latina del primer chiste, en la edición de Schier,

Versión latina del primer chiste, en la edición de Schier, 1750.

 

[1] A Funny Thing Happened on the Way to the Forum: The World’s Oldest Joke Book. Trad. inglesa de Dan Crompton, 2010.

[2] Philogelos. The Laugh Addict. Trad. e introducción del prof. William Berg, más ejecución del comediante Jim Bowen. Audiolibro, 2008.

 

 

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