Literatura marginal de un rosarista

Luego de unos diez años en Venezuela, Franco Quijano tuvo que volver a Bogotá, hacia 1932, a copiar un romance en las márgenes de un volumen de Avicena. Y la cosa no era puro amor al arte…
Por la época de su descubrimiento, Franco Quijano había sido bibliotecario del Archivo Histórico.

Por la época de su descubrimiento, Franco Quijano había sido bibliotecario del Archivo Histórico.

Franco Quijano, el bueno.

Como buen rosarista, Franco Quijano había publicado artículos en la Revista del Colegio. En 1915 se estrena allí como escritor de materias históricas, con una nota sobre el general Santander, más una nota sobre Lógica. El año siguiente se concentra en una serie de artículos sobre la Filosofía tomista en Venezuela, en medio de los cuales dedica una Rima a la Bordadita. En el 17 comienza a hallar cosas: un soneto anónimo en un «códice» del año 1686 (no hemos hallado ni el autor ni el título que refiere Franco). Copiamos el párrafo final, porque delata al futuro interpolador: «¡Lástima no saber siquiera si es de poeta granadino y si puede agregarse al tesoro de nuestras joyas literarias!». Pronto Franco llenará otros vacíos. Luego se estrena como historiador de la Filosofía colombiana, más un estudio sobre Suárez.
En el mismo 1917 ya lo tenemos de poeta de largo aliento: compone una poesía religiosa en quince quintillas.
Vuelve, como historiador, en 1919 con el artículo De re historica, más una nota sobre el Congreso Mariano. Mas he aquí que Franco, pudiendo seguir su carrera normal de colaborador asiduo de la Revista del Colegio, decide dar la chiva literaria del siglo, cambiando la Historia literaria del país, capítulo Conquista.

Un romance de Jiménez de Quesada (Quijano, el malo).

En el número 139, correspondiente a octubre de 1919, aparece el artículo La poesía más antigua del Nuevo Reino de Granada, firmado en septiembre 19 del mismo año por J. F. Franco Quijano.
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Jiménez fue colegial, catedrático de Prosodia latina y Religión, rector interino a la muerte de monseñor Carrasquilla.

Teníamos, por fin, un romance de la Conquista. Pero ¿quién era su autor? Franco se lo atribuye a Antón de Lescámez, que formaba como capellán en la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada.
Lescámez era sacerdote “de a pie”, lo que significa que llegó con los Quesadas, paso a paso, hasta el Valle de las Tristezas (con Gonzalo) y, sin encontrar El Dorado, salió a Sibundoy y a Pasto (con Hernán Pérez), pero entrando por los llanos. No pararon allí sus andanzas: fundada la ciudad de Mérida, su obispo lo envió a que se encargara de la iglesia. Allí murió en la década de 1580.
Mapa de 1599 por J. Hondius.

Mapa de 1599 por J. Hondius, donde están los lagos Casipa, Parime, y la ciudad de El Dorado.

Entre quienes se hicieron eco del hallazgo lírico están: Manuel José Forero (1923), para quien Lescámez fue quien “trasplantó a América el romance”. Otero Muñoz opina que “su fondo de verdad y realismo se acomoda muy bien, sin embargo, a la índole de los romances castizos”. Fuera del país lo reseñan Rodríguez Demorizi e Ismael Moya; en Europa Ugo Gallo y el mismísimo Menéndez Pidal (si bien con reservas).
Mas no solo al Adelantado cantó Lescámez. Franco en su buena suerte se topó con el Romance de Leandro. Esta pieza del ingenio del capellán reposaba en la pasta de una obra del jurisconsulto Pablo de Castro, In secundam codicis (etc.). Romance que, a juicio de Franco, es inferior al primero y que puede ser una imitación de alguno de los contenidos en Flor de enamorados, de Juan de Linares.
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Fragmento de la portada del Primus Avicennae canon, huésped del romance. Avicena era «princeps medicorum«, Fulginas «speculator» o investigador.

La polémica de los Oteros.

Ya sabemos que la primera mención del hallazgo fue en 1923, en un artículo sobre folclor. En dicha década no conocemos un registro de algún crítico literario sobre el hallazgo. Quien vendría a insertar a nuestro capellán Lescámez en la Historia de la literatura nacional fue Otero Muñoz, quien saludó a este nuevo poeta y cronista en un artículo de febrero de 1932 (Los primeros poetas de la Conquista). A los dos meses aparece la réplica de Otero D’Costa (Romancero apócrifo del padre Antón de Lescámez). El impugnador principia declarando que no halló el libro reseñado por el descubridor, sino uno distinto y anterior, y que allí no hay nada[1].
Principio del romance, al lado de las notas a Avicena.

Principio del romance, al lado de las notas a Avicena.

Sin embargo de eso, examina la posibilidad de que Lescámez hubiera tenido semejante libro. No le parece: primero por la incomodidad de trastear ese infolio (en varios volúmenes), y segundo por la escasa utilidad de un libro de Medicina oriental en América, además de la imposibilidad de suministrarse aquí los remedios que prescribe.
El impugnador señala yerros históricos, relativos al motín de la tropa a la altura de la actual Barrancabermeja y al carácter de Jiménez de Quesada. Llamó también la atención del crítico que el cura firmara como don, título para el cual había que tener real cédula.
Pecó, pues, Franco al endilgarle, acaso con manía moderna, el don al cura. Pero si «la historia va mal en el romance», el estilo tampoco escapa a la censura del duro aristarco. En efecto, los «descomulgados versos» de Lescámez no le parecen sino oscuros, rastreros y ripiosos. Los sentimientos que pone en boca del conquistador le parecen anacrónicos. La lengua del romance es, para quienes la examinaron en detalle, una imitación del idioma del siglo XVI, en donde se confunden arcaísmos con neologismos.
Fundación de Bogotá, por Pedro Alcántara Quijano.

Fundación de Bogotá, por Pedro Alcántara Quijano.

La cuestión parecía, pues, decidida en contra de la autenticidad del romance. Sin embargo, luego del referido artículo los críticos no descalificaban tan claramente el hallazgo de Franco: se arropaban con el manto de duda.
Para dar veracidad a su obra, el interpolador acomodó entre los renglones el nombre Antón Lescanes. La diferencia con una tinta que sí es antigua es ostensible.

Para dar veracidad a su obra, el interpolador acomodó entre los renglones el nombre Antón Lescanes. La diferencia con una tinta que sí es antigua es ostensible. Para facilitarles el trabajo a futuros Oteros, indica «p. 100».

Alusiones recientes.

Treinta años después de la polémica de los Oteros, entra a terciar en la cuestión la investigadora alemana Gisela Beutler. Es el estudio más extenso (85 pp.) y más ponderado del caso. Su conclusión es la misma, pero agrega que la interpolación de Franco no carece de méritos, como que tampoco es la primera vez que la Historia literaria registra esas «licencias» poéticas. Algo más: señala que la falsificación del rosarista delata la actualidad que cobraron, a principios del siglo pasado, la literatura medieval y romancística en la Península, así como el romancero español en Colombia.
Cuarenta años después, en el número que celebra el centenario de la Revista del Colegio, aparece un artículo firmado por Germán Hermida, ingeniero de profesión e historiador de corazón, con el atractivo título Un detective en el archivo histórico. Allí se narra lo que ya sabemos, adicionando algo sobre las andanzas de Franco Quijano en Venezuela, poco relacionadas con la Filosofía tomista. Baste decir que en el vecino país trabajó con tinta, pero no aplicada a libros.
Hay una alusión literaria, en un libro de Germán Arciniegas sobre el Adelantado, al tema del romance. Pero esa es otra historia…

Bibliografía de Franco Quijano:

Artículos:

 

El general Santander.

Un lógico colombiano.

La filosofía tomista en Venezuela.

Rima (Bordadita).

Hallazgo.

Historia de la Filosofía colombiana.

Suárez el eximio en Colombia.

Documentos importantes (carta de Sámano).

Por qué temblar? (poesía).

De re historica.

Congreso Mariano.

La poesía más antigua del Nuevo Reino de Granada.

 

Libros:

Conclusiones jurídicas de la academia, el liceo y la escolástica.

Melancolía medioeval.

Los fantasmas.

Los collares de Ofelia.

Sobre la reforma de la demanda.

Sistemática electoral.

Bibliografía sobre Franco Quijano:

Gustavo Otero Muñoz, Los primeros poetas de la Conquista.

Enrique Otero D’Costa, Romancero apócrifo del padre Antón de Lescámez.

Gisela Beutler, El romance de Ximénez de Quesada: ¿primer poema colombiano?

Germán Hermida, Un detective en el archivo histórico; reproducido en su libro de crónicas Música de huesos (y otros accidentes históricos).

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Por burlarse de Otero, o por darle una iconografía a su presunto autor, Franco Quijano nos dejó muestra de otra de sus habilidades.

*El artículo de Beutler se puede leer en la red. El de Otero D’Costa, en el Boletín de Historia y Antigüedades; el de Otero Muñoz fue arrancado enteramente del número anterior del mismo Boletín, por lo menos en la copia que tiene la BLAA.

 

[1] El enredo pudo ser así: Otero llega a la bilioteca, pide un catálogo, se dirige a la sección Medicina y allí encuentra un supuesto Super canones Avicennae, que no existe sino en dicho catálogo, pues lo que existe en las estanterías es el Primus Avicenne canon, etc. Franco se equivocó, sin embargo, en la fecha: no es de 1522, sino del 20.

Archivo Histórico.

 

2 Respuestas a “Literatura marginal de un rosarista

  1. Pese a lo dicho y de mostrado. Hay quienes insisten en su validez como el primer poema o romance bogotano: » impresos bogotano. Alma de la ciudad».

    • Pese a lo dicho y demostrado. Hay quienes insisten en su validez como el primer poema o romance bogotano: ” impresos Bogotanos. Alma de la ciudad”.

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