Morte adiuta aliena: una frase críptica y la solución de un enigma

Una frase críptica y solución de un enigma.

Mucho tiempo disputaron los entendidos, por los pasillos de este claustro, sobre el origen y significado de una frase latina que un ilustre Rector de este Colegio Mayor, Monseñor José Vicente Castro Silva, empleó como lema en el sello que mandó acuñar a propósito de su nombramiento como Protonotario Apostólico.

 

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Monseñor Castro Silva, por Luis Pinto Maldonado, quien vació varios de los colombianos más ilustres.  

Al saber de la existencia de la obra de Lucrecio, en la edición de Baskerville, el Dr. Luis Enrique Nieto, tan conocedor de la historia –grande y menuda– de este Colegio Mayor, mostró su interés para que el Archivo Histórico aclarara una incógnita nunca antes debidamente resuelta. Al faltar el propietario del sello, muy buen conocedor del latín y de los clásicos, la traducción de su lema y la interpretación de esas palabras (morte adiuta aliena) sufrieron muchos percances e incertidumbres, al punto de que alguien llegó a conceptuar que no significaban nada. De todo ello, solo sobrevivió un dato correcto: esas palabras se encuentran en el poema de Lucrecio De rerum natura.
El reciente hallazgo del Lucrecio de Baskerville hizo renacer el interrogante. Ahora, en la medida de nuestras limitaciones, el Archivo Histórico quiere dar una respuesta cabal y cumplida, ofreciendo un contexto amplio sobre lo que representa esta cita.

 

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Nótese el uso de la ese larga (ɾ) y la ligadura de ct en la edición de Baskerville. En cuanto al texto, las ediciones modernas ponen quaecumque (quaecunque), alid o alit (aliud) y adiuta (adjutam).

Las palabras citadas se encuentran en el Libro I del poema de Lucrecio (verso 264). El Libro I, además de la invocación inicial a Venus y de las palabras dedicatorias a Memmio, desarrolla –conjuntamente con el Libro II– la teoría de los átomos, enseñando que todos los seres están compuestos de átomos: nada se hace de la nada. Nada regresa a la nada. Esta physica que explica la realidad del mundo, del hombre y de las cosas, había hecho carrera en el pensamiento de los griegos, a partir de las homeomeríasde Anaxágoras y los átomoi de Leucipo y de Demócrito de Abdera. Supuesto filosófico que el epicureísmo adoptó e hizo suyo, con las necesarias modificaciones para salvaguardar una cierta libertad.
Tenemos, pues, que la cita del sello dentro de la frase a que pertenece:
haud igitur penitus pereunt quaecumque videntur;
quando alid ex alio reficit natura, nec ullam
rem gigni patitur nisi morte adiuta aliena. (I, 262-4)[1]

 

Lo cual quiere decir:
Luego las cosas visibles no perecen completamente, / puesto que la Naturaleza renueva una cosa a partir de otra y no / permite que se genere una cosa nueva a no ser ayudada por la muerte de otra cosa.
Para que el lector pueda comparar, copiamos las versiones inglesa y francesa, existentes en nuestra biblioteca:
Therefore no visible object utterly passes away, since nature makes up again one thing from another, and does not permit anything to be born unless aided by another’s death[2].
Rien donc n’est détruit tout à fait de ce qui semble périr, puisque la nature reforme les corps les uns à l’aide des autres, et n’en laisse se créer aucun sans l’aide fournie par la mort d’un autre[3].
Ainsi donc, tout ce qui semble détruit ne l’est pas; car la nature refait un corps avec les debris d’un autre, et la mort seule lui vient en aide pour donner la vie[4].

 

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Grabado de la traducción lucreciana de Thomas Creech, Oxford y Londres,1682-3.

La muerte en el pasaje de Lucrecio

Las palabras empleadas en el sello de Monseñor Castro Silva se inscriben, pues, en una dialéctica muerte-vida: no puede nacer nada nuevo si no lo precede la muerte de otro. Ese es el sentido cabal de la expresión nisi morte adiuta aliena.
Muchas observaciones y reparos podrían hacerse, desde la Filosofía, a esta concepción tal como la presenta Lucrecio, sobre una especie de palingenesia eterna y universal en la que se conserva indefinidamente una energía que poco tiene que ver con ese algo personal que aspira a la supervivencia y no quiere morir definitivamente. La innegable fecundidad del agua que cae sobre la tierra, y que se pone de manifiesto en todo el ciclo biológico del agua, no es suficiente respuesta −desde una perspectiva espiritualista− para las inquietudes más profundas del ser humano.

 

Lucrecio y Monseñor

No creemos que el epicureísmo de Lucrecio haya sido el horizonte mental de Monseñor Castro Silva, a la hora de escoger un lema para su sello, aunque es bien conocido el carácter un poco en contravía y desafiante de algunas de sus actuaciones. Nos atrevemos a afirmar, sin rodeos, que tomó prestadas esas palabras, por su conocimiento de los clásicos y por la elegancia y refinamiento de su gusto. Pero no para asentir a la filosofía de Lucrecio; él quería subrayar (sin facilitar la evidencia de una referencia) otras certezas, profundamente arraigadas en su fe de cristiano: la muerte personal está indisolublemente unida a una Vida que se escribe con mayúscula.
En un contexto evangélico muy significativo, donde se cuenta que están presentes algunos griegos[5] en el auditorio (¿epicúreos, estoicos?, podemos preguntarnos), Jesús enseña (Juan 12, 20-24) taxativamente: “Sí, os lo aseguro, si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda infecundo; en cambio, si muere, da fruto abundante”[6]. La lógica y la experiencia humanas de la siembra y la cosecha, incluyen la necesidad de morir: lo recoge San Pablo (1 Corintios 15, 36) cuando recuerda: “Lo que tú siembras no cobra vida si antes no muere”. Pero ambos están situando este morir en un contexto que va más allá y desborda la pura fecundidad de los ciclos biológicos naturales.
El morir del cristiano está inseparablemente unido a la potencia vivificadora de la muerte de Cristo. Mientras en la Naturaleza hay una necesaria relación entre lo que se siembra y lo que se cosecha, lo que el ser humano “siembra existencialmente” con su morir de cada día y con su morir postrero, se ve desbordado por Aquel que vivificó la muerte. Lo expresamos con las mismas palabras de Pablo: “Se siembra lo corruptible, resucita incorruptible; se siembra lo miserable, resucita glorioso; se siembra lo débil, resucita fuerte; se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual” (1 Corintios 15, 42-44). Para quien hizo de este lema su sello personal, no basta una simple traducción para entenderlo.
Asimismo puede aducirse este pasaje de San Juan sobre el bautismo (III, 4-5): “Nicodemo le dijo: ¿cómo puede un hombre nacer, siendo viejo?, ¿por ventura puede volver al vientre de su madre, y nacer otra vez?. Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo que no puede entrar en el reino de Dios, sino aquel que fuere renacido de agua y de espíritu Santo”. Otra fuente puede ser la Epístola de San Pablo a los Romanos (1-4): “Pues, ¿qué diremos?. ¿Perseveraremos en el pecado, para que crezca la gracia? No lo permita Dios. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?. ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Jesucristo, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados con él en muerte por el bautismo, para que como cristo resucitó de muerte a vida por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida”[7].
En este otro horizonte de comprensión es donde se debe enmarcar el verdadero significado y el alcance trascendente que, para el Rector del Rosario, tenían las palabras del poeta latino.

 ecce sigillum

 

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El famoso sello del protonotariado. La frase “morte adiuta aliena” contiene tres palabras y ocho sílabas. Lo corriente son siete, como en lema de Pío XII, “opus iustitiae pax”.

Al escribir estas notas, acude al recuerdo emocionado lo leído, en años pasados, en las Actas de Consiliatura de aquella época. Sus amigos, que lo quieren, lo admiran y lo respetan, lo reeligen una y otra vez como Rector del Colegio Mayor. Ante cada nuevo nombramiento, esgrime como argumentos su poca salud, sus años, sus dificultades para ver, el excesivo peso del cargo y de la carga… Ante las reiteradas elecciones que lo señalan, acepta, una y otra vez, ese morir, sembrando y sembrándose, para que en él y en su obra se realizara, como don, la Vida sin ocaso: nisi morte adiuta aliena…

Corrigenda

En la biografía de Monseñor que se puede leer en la red, por Julián David Giraldo y parte de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, hay dos inexactitudes:
“Por nombramiento pontificio del 9 de junio de 1937, fue hecho protonotario apostólico del arzobispo Ismael Perdomo”. El nombramiento no fue de junio, sino de julio; y como lo dice la misma fuente, el cargo es pontificio y no relativo al arzobispo Perdomo. El nombramiento apareció en las Acta apostolicae sedis, correspondientes al año de 1938  (annus XXX, series II, vol. V)[8].

 

Jaime Restrepo Z., Elkin Saboyá R.,

Archivo Histórico.

 

[1] Lucretius. De rerum natura. With an English translation by W. H. D. Rouse. Revised by Martin Ferguson Smith. Harvard University Press. Cambridge, Massachusetts. London, England. 1992. Loeb Classical Library, n.° 181, pág. 22. Allí se lee alid, no alit como en ciertas ediciones actuales.

[2] Lucretius. Op. cit, pág. 23.

[3] Lucrèce. De la Nature. Tome Premier. Texte établi et traduit par Alfred Ernout. Deuxième éd. Paris. Société d’édition Les Belles Lettres, 1924. Biblioteca Antigua del Archivo Histórico: E 38 N.° 70.

[4] Lucrèce, Virgile, Valérius Flaccus. Oeuvres complètes avec la traduction en français, publiées sous la direction de M. Nisard. Collection des auteurs latins. Paris. J. J. Dubochet, Le Chevalier et Comp., Éditeurs, 1849. Pág. 6, columna izquierda. Biblioteca Antigua del Archivo Histórico: E18N046 Ej. 1.

[5] Dice la Vulgata: “Erant autem quidam gentiles” (Juan 12, 20), traduciendo el texto griego: “ Ἦσαν δὲ Ἕλληνές τινες”.

[6] Traducción de la Nueva Biblia Española, de Schöckel – Mateos. Madrid. Ediciones Cristiandad. 1975.

[7] Debemos los dos pasajes citados a la indicación del profesor Noel Olaya Perdomo, en comunicación personal. El texto es de La Santa Biblia traducida al español de la Vulgata Latina (…) por el Ilmo. Sr. D. Felipe Scío de San Miguel (…). Tomo V, París, Librería de Garnier Hermanos, 1872. Biblioteca Antigua del Archivo Histórico: E21N060 V.5 Ej. 1.

[8] Consultado en 28-5-2014: http://www.vatican.va/archive/aas/documents/AAS%2030%20%5B1938%5D%20-%20ocr.pdf

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