Patrick Leigh Fermor

Por Daniel Raisbeck

En la tarde del 26 de abril de 1944 ocurrió uno de los más espectaculares episodios de la resistencia contra la ocupación nazi de Grecia (1941-1945).

Mapa de la Isla de Creta (Tomado de www.viajesaeuropa.org)

Mapa de la Isla de Creta (Tomado de http://www.viajesaeuropa.org)

El mayor general Heinrich Kreipe, comandante de la 22 División de Infantería de la Wehrmacht, la fuerza nazi que ocupaba la isla de Creta, se dirigía desde su base en Archanes hasta su residencia cerca de Knossos, la señorial Villa Ariadne, construida por el arqueólogo inglés Sir Arthur Evans (1851-1941), descubridor del palacio que formó el centro de la antigua civilización minoica (ca. 3650 -1100 a. C.). Cuando el suboficial que conducía el vehículo de Kreipe paró en un retén militar, al parecer alemán, fue abatido por Patrick Leigh Fermor y William Moss, dos oficiales del Special Operations Executive (organización de espionaje británica) quienes, disfrazados de cabos de la policía nazi, lideraban una unidad de luchadores de resistencia cretenses (Αντάρτης), tres de los cuales procedieron a asegurar al general Kreipe bajo la silla trasera del coche.

"Villa Ariadne" (Tomada de: http://www.interkriti.org/knossos/en116.htm)

«Villa Ariadne» (Tomada de: http://www.interkriti.org/knossos/en116.htm)

Con Moss disfrazado de chofer y Leigh Fermor, quien llevaba puesto el sombrero de Kreipe, haciéndose pasar por el general, los aliados lograron pasar 22 retenes alemanes sin que su complot fuera descubierto. Esta fabulosa operación (en la cual se basa la película Ill Met by the Moonlight, de 1956 con Dirk Bogarde) concluyó unas semanas después, cuando una lancha británica llevó a Kreipe desde Creta hasta El Cairo, centro administrativo británico en el sur del Mediterráneo. Antes de esto, sin embargo, transcurrió un evento que seguramente perdurará por generaciones en la memoria de los clasicistas e historiadores militares. El siguiente es el relato de Leigh Fermor:

Los azares de la guerra me condujeron a los peñascos de la Creta ocupada, donde me encontraba con una banda de guerrilleros cretenses y un general alemán cautivo, a quien habíamos detenido y llevado a las montañas tres días atrás. La guarnición alemana de la isla llevaba a cabo una persecución intensa pero, por fortuna, temporalmente descaminada. Era un tiempo de ansiedad y peligro y, para nuestro prisionero, de adversidad y angustia. Cuando, en medio del acecho, hubo un momento de calma, despertamos sobre las rocas cuando un amanecer brillante irrumpía sobre el monte Ida (el lugar de nacimiento de Zeus, según la mitología griega). Durante los últimos dos días, habíamos pasado sobre él, entre la nieve y luego la lluvia, con grandes dificultades. Al ver la cúspide de la montaña resplandecer a través del valle, el general susurró para sí mismo:

Vides ut alta stet nive candidum

Soracte

Era una de las odas de Horacio (I.9 o Ad Thaliarchum) que yo conocía bien. Continué desde donde él había parado:

nec iam sustineant onus

Silvae laborantes, geluque

Flumina constiterint acuto,

y recité las cinco estrofas restantes, hasta el final. Los ojos azules del general habían girado desde la cima de la montaña para mirar los míos. Cuando terminé, después de un largo silencio, dijo: Ach so, Herr Major! Fue muy extraño, como si, por un momento largo, la guerra hubiese dejado de existir. Ambos habíamos bebido de la misma fuente mucho tiempo atrás; y las cosas entre nosotros fueron muy distintas durante el resto del tiempo juntos”.

Tal es la legendaria anécdota del instante en el cual la enemistad entre soldados de naciones hostiles fue diluida por la musa de la educación clásica, común para los oficiales tanto británicos como alemanes de la época. La educación de Leigh Fermor, sin embargo, había sido todo menos convencional.

En 1933, Leigh Fermor, con 18 años de edad, partió de Londres para recorrer a Europa, a pie, desde la costa de Holanda hasta Constantinopla. Consigo llevaba solo un morral con algunas prendas de vestir y un ejemplar del Oxford Book of English Verse. Pronto lo acompañaría también una copia de las Odas de Horacio, gracias a las cuales pudo conmover al general Kreipe, años después.

 El periplo de Leigh Fermor, inmortalizado décadas más tarde en las magníficas obras (basadas en sus diarios) A Time of Gifts (1977) y Between the Woods and the Water (1986), fue la verdadera educación secundaria del autor soldado, descrito por el diario Daily Telegraph como “una de las pocas figuras genuinas del Renacimiento que produjo Gran Bretaña en el siglo XX”. Expulsado del antiguo King’s School en Canterbury, donde un maestro lo describió comouna peligrosa mezcla entre la sofisticación y la osadía”, Leigh Fermor pensó en entrar a la academia militar de Sandhurst -para lo cual pasó meses estudiando latín, griego, las obras de Shakespeare e historia europea-, pero decidió que la vida del oficial en épocas de paz no era lo suyo. Por ende, se lanzó en una aventura que lo llevaría a conocer como muy pocos ingleses contemporáneos la Alemania de Hitler, los vestigios del majestuoso Imperio austrohúngaro y el enigmático mundo de los Balcanes.

Durante su peregrinaje, Leigh Fermor se alojaba en los establos que le ofrecían bondadosos campesinos y en los novelescos campamentos de los gitanos, pero también en los grandiosos Schlösser de condes y barones centroeuropeos, donde era bienvenido ya fuera por conexiones familiares o por los efectos de su propio encanto. En sus propias palabras: “los castillos raramente estuvieron fuera de vista”.

Como escribe un crítico, el conocimiento de Leigh Fermor del latín fue “sorpresivamente útil” en su viaje, durante el cual aprendió varios idiomas modernos, empezando por el alemán (“estaba en aquella edad, escribe, cuando la memoria para la poesía o para el lenguaje -o para cualquier otra cosa- toma forma como la cera y, hasta cierto punto, dura como el mármol”.) En A Time of Gifts, su estilo lírico adorna con gentileza, y a la vez con una potencia terrible, su extenso y erudito conocimiento de la geografía, de la historia y del arte europeos. La siguiente es su descripción de la vista hacia al sur desde la ciudad de Ulm, durante el invierno:

Al sur del río (Danubio), el campo se desplegaba en una extensión blanca que cedía al Jura de Suabia. El borde oriental de la Selva Negra los desdibujaba; luego, ascendían y se incorporaban a la falda de los Alpes y, entre las estribaciones, yacía el lago de Constanza, invisible en una depresión con el Rin fluyendo hacia él desde el sur y hacia afuera de nuevo en el norte. Claramente discernible, y ascendiendo cumbre por cumbre, toda la elevación de Suiza relucía en la pálida luz del sol.

Era una vista asombrosa. Pocos trechos de Europa central han sido el teatro de tanta historia. ¿Detrás de cuál cuenca yacía el paso donde los elefantes de Aníbal se habían resbalado cuesta abajo? A solo unas pocas millas de distancia había comenzado la frontera del Imperio romano. En la profundidad de aquellos míticos bosques, los cuales reflejaba el río durante muchos días de marcha, las tribus germanas, Némesis de Roma, habían esperado la hora de atacar. El limes romano seguía la orilla sur del río todo el camino, hasta el mar Negro.

El mismo valle, funcionando de la manera opuesta, encaminó a la mitad de los bárbaros asiáticos hacia Europa central y, debajo de mis ojos, los hunos, dirigiéndose río arriba, entraron y salieron antes de obligar a sus caballos a nadar a través del Rin… hasta que, frenados por un milagro, apretaron las riendas a poca distancia de París.

Carlomagno acechó a los ávaros a través de esta esquina de su imperio hasta destruirlos en Panonia y, a algunas leguas hacia el suroccidente, las ruinas de Hohenstaufen, asiento de la familia que, durante siglos, arrojó a emperadores y papas a la vendetta, todavía se desmoronaba. Vez tras vez, ejércitos de mercenarios, acarreando armas de asedio, se arrastraron sobre este mapa.

La Guerra de los Treinta Años, la peor de todas, se estaba convirtiendo en una obsesión para mí: un conflicto horripilante, ruinoso y nefasto, una guerra de creencias y dinastías, inútil y desesperada, donde los principios cambiaban sin cesar al barajarse constantemente y repartirse los actores. Porque, aparte de los eventos -las defenestraciones y batallas campales y asedios históricos, la masacre y la hambruna y la plaga- revoloteaban en las sombras presagios astrológicos y el rumor del canibalismo y de la brujería. Quiérase o no, los comandantes políglotas de los ejércitos rufianes y multilingües cautivan nuestra mirada con sus solemnes ojos y sus bigotes de Velásquez, al poblar la mitad de las galerías de Europa. Posando emplumados contra un relieve de carpas y escuadrones en colisión, que tan serenamente apuntan sus bastones; o, con magnanimidad y cabeza descubierta, a pie y entre una arboleda de lanzas, aceptan llaves claudicadas, ¡o una espada! Los rizos fluyen y el encaje o los cuellos almidonados irrumpen sobre la armadura negra y la incrustación dorada; lanzan miradas desde sus marcos con una melancolía distante y de gran espíritu que es tan aterradora como enigmática.

Tilly, Wallenstein, Mansfeld, Bethlen, Brunswick, Spinola, Maximiliano, Gustavo Adolfo, Bernard de Saxe-Weimar, Piccolomini, Arnim, Königsmark, Wrangel, Pappenheim, el Cardinal-Infante de los Países Bajos españoles, Le Grand Condé. Los estandartes destructores se mueven a través del paisaje como banderas en un mapa de campaña: las águilas dobles del emperador con su aureola, los rombos azules y blancos de la casa Wittelsbach del Palatinado Renano y Baviera, el desenfrenado león bohemio, las barras negras y doradas de Sajonia, las tres coronas Vasa de Suecia, el cuadrillé blanco y negro de Brandenburgo, los leones y castillos de Castilla y Aragón, las azucenas francesas azules y doradas. Desde ese entonces, la distribución en forma de rompecabezas entre católicos y protestantes se ha mantenido como estaba después de la Paz de Westfalia. Cada enclave enlazado dependía de la fe de su soberano y, ocasionalmente, por alguna rareza de la sucesión, un príncipe de la fe opuesta gobernaba tan pacíficamente como el Nizam musulmán a sus súbditos hindúes de Hyderabad.

Si el paisaje en realidad fuese un mapa, estaría salpicado por aquellas pequeñas espadas cruzadas que indican las batallas. La aldea de Blenheim (cerca de Höchstädt) se encontraba a solo un día de marcha sobre la misma orilla, y Napoleón derrotó al ejército austriaco al lado del río, algo más allá de la barbacana. El cañón se hundió en los campos inundados mientras los armones y los artilleros se dejaban llevar por la corriente. Mirando hacia abajo, podía ver un estandarte rojo con una esvástica sobre un círculo blanco que aleteaba en una de las vías, insinuando que vendrían problemas más adelante. Viéndolo, alguien versado en la profecía y en el significado de los símbolos hubiera podido predecir que tres cuartos de la ciudad subyacente sería consumida por las explosiones y las llamas algunos años después, para surgir de nuevo en una geometría de rascacielos con forma de bloques concretos.

¡La primera vista del Danubio! Fue una tremenda visión…”

Como reporta el Telegraph, Leigh Fermor completó su travesía el primero de enero de 1935 al llegar a Constantinopla; pero, en vez de regresar a Londres, se dirigió hacia Grecia, donde terminó involucrado en la revolución venizelista de ese año, luchando del lado monárquico, con sable en mano, durante un ataque de caballería. Al empezar la Segunda Guerra Mundial, Leigh Fermor se encontraba en la región moldava de Rumania, donde vivía con la aristócrata Balasha Cantacuzene mientras, como escribe el Telegraph, “se sumergía en la literatura de media docena de culturas incluyendo la francesa, la alemana y la rumana”.

En septiembre de 1939, Leigh Fermor ingresó al regimiento Irish Guards del ejército británico, donde permaneció poco tiempo ya que, en palabras de un superior, “poco servía como oficial regular”, aunque tenía un gran potencial para “servir bien al ejército de otras maneras”. Transferido al Cuerpo de Inteligencia por su conocimiento de los Balcanes, Leigh Fermor peleó junto a las fuerzas griegas contra los italianos en Albania y, habiendo sobrevivido la conquista alemana de Creta en 1941, “fue enviado de regreso a la isla por el Special Operations Executive para liderar operaciones de guerrilla extremadamente peligrosas contra los nazis invasores”.

En una carta a su amigo Xan Fielding, compañero suyo en Creta, Leigh Fermor explica cómo la educación clásica preparó a ambos hombres para su labor durante la guerra:

La indiferencia a la miseria de las cuevas y la velocidad al acercarse el peligro han podido parecer las aptitudes más probables para la vida en la Creta ocupada. Pero, de manera inesperada en una guerra moderna, fue la elección obsoleta del estudio del griego antiguo en el colegio lo que en realidad nos había depositado sobre la caliza. Con una perspicacia considerada rara en épocas pasadas, el ejército se había dado cuenta de que la lengua antigua, aunque dominada de manera imperfecta, era un atajo hacia el aprendizaje del griego moderno. Por ende el repentino rocío de figuras extrañas entre los peñascos de la tierra firme y de las islas griegas. Extraño, porque el griego hace mucho había dejado de ser una materia obligatoria en los colegios donde todavía era enseñado: era tan solo la opción entusiasmada -inspirada, sospecho, de manera inconsciente por haber oído las fábulas de héroes griegos de (Charles) Kingsley recitadas durante la niñez- de una minoría excéntrica y perversa: anhelos tempranos que impusieron un sello difuso pero agradable sobre todos estos improvisados habitantes de las cuevas”.

Heródoto

Heródoto.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Patrick Leigh Fermour, admitido a la Orden del Imperio Británico por su servicio militar en 1943, vivió en la costa del Peloponeso con su esposa Joan Rayner (née Eyres-Monsell), hija del primer vizconde Monsell. Murió el 10 de junio del 2011.

3 Respuestas a “Patrick Leigh Fermor

  1. Patrick leigh Fermor, texto del libro de Artemis Cooper:

    «Una o dos semanas después de que Paddy llegara a Transilvania, la pasión húngara irrumpió en su vida. Elemér había organizado una reunión de amigos para pescar cangrejos y luego hacer un pic nic al lado del río. Los cangrejos se encontraban bajo las rocas y las algas de un río cuya rápida corriente descendía de lo alto de las montañas. En el grupo, había alrededor de una docena de pescadores, de los cuales una mujer serbia de melena oscura y vestido rojo era la más activa y vivaracha. Se llamaba Xenia Cernovis»…….. «Aquella tarde, después del banquete de cangrejos, Paddy y Xenia se encontraron juntos solos en el bosque. Cenaron luego en casa de Elemér, y durante aquella velada Xenia cantó varios lieder de Schubert. Tenia la voz ligera, clara y bellísima. Fue una de esas raras ocasiones que luego se recuerdan siempre con asombro. Una de esas veces en las que la fortuna, que tan a menudo obstaculiza estos caminos llenándolos de peligros inevitables, se amansa de súbito. Y entonces como si se tratara de un regalo, todo parece aliarse para organizar una conspiración benevolente. Aquellos días Paddy aprendió:

    …….donde atar el caballo sin llamar la atención, que senda seguir sin alertar a los perros, cual era el mejor lugar para cruzar de puntillas frente a la cabaña donde vivían los dos viejos sirvientes de la casa y cual sería la ventana que se encontraría entreabierta…La luna parecía llenar toda la casa, que estaba en silencio. Y cuando nuestras propias voces se detenían, podíamos escuchar las ranas que croaban en un estanque cercano, unos cuantos grillos y, en ocasiones, el ulular de un búho. Desde lo más profundo del bosque llegaba la melodía de una corriente de agua y las ramas de los árboles estaban llenas de ruiseñores que no nos merecíamos…..

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