En las ruinas de Roma: cómo la caída del Imperio romano todavía determina la política europea

Por Markus Somm, Editor Ejecutivo, Basler Zeitung

Joachim von Ribbentrop fue un mercader de whisky, estafador y trepador Nazi que representó al Tercer Reich como embajador en Londres durante la década de los 1930. Una noche cenó con Winston Churchill, en ese entonces un simple parlamentario sin cargo de ministro y con poca gloria. La razón: Churchill había empezado a oponerse públicamente -desde la Casa de los Comunes- a cada compromiso que acordaba el gobierno británico con Adolfo Hitler, y esto preocupaba a Berlín.
Los dos hombres charlaron acerca de esto y aquello, pero pronto llegó el momento de discutir una posible guerra futura entre Gran Bretaña y Alemania.
Esta vez”, advirtió Ribbentrop, “los italianos estarán de nuestro lado”.
Eso es apenas justo”, respondió Churchill, “nosotros los tuvimos la vez pasada”.
De hecho, la contribución italiana a los esfuerzos aliados durante la Primera Guerra Mundial había sido desastrosa.
Pensé en esta anécdota al presenciar la desconcertada reacción de los alemanes tras la última elección en Italia. De inmediato se propagó el horror en Berlín, luego surgió el instinto alemán por dar lecciones de escuela a sus vecinos, por último llegaron los insultos, esta vez como de costumbre de parte del antidiplomático profesional Peer Steinbrück, líder del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD).
Según Steinbrück, dos payasos, Silvio Berlusconi y Beppe Grillo, habían ganado las elecciones, lo cual no es exacto. Pero esta inexactitud no fue la razón por la cual el Presidente italiano Giorgio Napolitano, un antiguo comunista moderado, se hubiera molestado lo suficiente como para cancelar una cena con Steinbrück.
Italia, la tierra donde los limones florecen, el antiguo centro del Imperio Romano, una de las más grandes e impresionantes Kulturnationen de Europa, la patria de Dante, Leonardo da Vinci y Miguel Ángel, el país donde el caos permanente y encantador alcanza el más alto nivel de civilización: un pueblo como este no tiene que dejarse instruir por los bárbaros allende los Alpes, en sus oscuros bosques y estepas sombrías.
Italia no es Grecia. Por lo tanto las últimas elecciones italianas son de una significancia transcendental para la Unión Europea. Si Italia permanece sin un gobierno capaz de actuar por un periodo largo (lo cual es probable), si la crisis del euro regresa con todo su terror porque Italia no puede contener su deuda y su déficit, ni puede encontrar el camino de regreso al crecimiento, entonces se ven mal las cosas para aquel experimento de buenas intenciones llamado la unidad europea, el cual se ha llevado a cabo en Europa occidental tras el fin de la Segunda Guerra Mundial para establecer la paz eterna.

Italia, la tierra donde los limones florecen, el antiguo centro del Imperio Romano, una de las más grandes e impresionantes Kulturnationen de Europa, el país donde el caos permanente y encantador alcanza el más alto nivel de civilización: un pueblo como este no tiene que dejarse instruir por los bárbaros más allá de los Alpes en sus oscuros bosques y estepas sombrías.

A diferencia de Grecia, Irlanda, Portugal y hasta España, Italia no se deja intimidar tan fácilmente. Miembro fundador de la UE, de lejos superior culturalmente (al menos de acuerdo con su percepción propia), el país mediterráneo tiene suficiente confianza en sí mismo para distanciarse de la Eurozona. Si uno mira los resultados de las elecciones con cuidado, es evidente que la mayoría de los votantes italianos votaron por partidos euroescépticos. Esto debe tener consecuencias. En pocas ocasiones se había visto tan negro el futuro del Euro como el lunes después de las elecciones.
Italia nunca le ha traído felicidad a los alemanes. En la Historia europea, ha sido notablemente constante el intento de los alemanes por conquistar o de alguna manera anexar la tierra rica y bella que yace al sur de los Alpes, pero siempre han fracasado. Ni los antiguos Kaiser del Sacro Imperio Romano Germánico, sea Federico Barbarossa o Enrique IV o Federico II, ni los Habsburgo de Viena lograron establecerse de manera permanente al otro lado de los Alpes.
El anhelo por el sur se mantuvo, ardiente como la sed o el hambre. Al fin solo les quedó a los alemanes la invasión turista anual, la búsqueda de cultura, mar y cappuccino tolerada por los italianos. Rímini en vez de Roma. Lo que lograron los romanos hace dos mil años: construir un imperio que se extendiera al norte y al sur de los Alpes, no ha podido ser emulado desde la época de las invasiones bárbaras.
También la antigua Confederación Suiza germanoparlante intentó quedarse con Lombardía en el siglo XVI y administrarla como un protectorado. Este rendez-vous con la Historia terminó en 1515 sobre el campo de batalla en Marignano, donde los suizos sufrieron una brutal derrota. Sin embargo, fue tan disciplinada la retirada de los Confederados suizos que lograron asombrar al mundo y entrar a los anales de la Historia militar. Suiza no se quedó con Milán, pero sí con Bellinzona.
El austriaco Walter Scheidel, un historiador del mundo antiguo que enseña en la Universidad de Stanford, publicó recientemente un libro revelador en el cual distintos autores comparan el Imperio Romano con el Reino Chino. Fue un intento de contestar aquella pregunta que les ha causado dolores de cabeza a los europeos durante siglos: la de por qué cayó el grandioso Imperio Romano. Aunque ambos imperios fueron creados relativamente al mismo tiempo y tuvieron ciertas similitudes, Europa ha estado dividida de manera irreconciliable e irrevocable desde el siglo V d. C., mientras que China ha permanecido virtualmente intacta.
Como siempre, ofrecieron los investigadores diferentes causas del declive de Roma, pero una me pareció inolvidable: Roma se demoró excesivamente en crear una burocracia centralizada y poderosa, razón por la cual el Imperio se desmoronó cuando las tribus germánicas invadieron durante el siglo V d. C. Si el Imperio hubiese sido unido con propósito fijo y durante un mayor lapso de tiempo, tal vez los germanos se hubieran aferrado a Roma y gobernado desde la capital el Imperio en su totalidad. En vez de un romano, un ancestro de los alemanes hubiese sido un César.
En el caso de China, una administración central organizada pudo desarrollar un reino homogéneo de una manera más rápida y sostenible. Este sistema se ha mantenido por dos mil años, aunque ocasionalmente hayan aparecido foráneos como los mongoles que se han impuesto como gobernantes. Los emperadores, sin importar su origen, llegaron y se fueron. El Imperio se mantuvo.
De manera contraria, en Europa sobrevivió únicamente el anhelo de la unidad, una unidad muy difícil de realizar. Siempre ha recurrido el sueño por recuperar un Imperio como el viejo, que se extienda a través del continente entero, en ambos lados de los Alpes, y que libere a Europa de la guerra y de la discordia, de la competencia y del desorden. Por mucho tiempo intentaron naciones individuales (Francia, Alemania) o dinastías (los Habsburgo) volver a fundar el Imperio Romano por medio de la guerra y la fuerza. Hoy en día se debe alcanzar la misma meta por medios pacíficos. Sin duda el intento es más humano y parece gozar de más simpatía que antes.
Nadie puede comparar razonablemente a la UE con el imperio de Napoleón o con el Tercer Reich de Hitler. No obstante, el objetivo de crear una Europa unificada bajo un solo armazón conserva algo de lo siniestro. Son los escalofríos de la Historia. Y, por supuesto, las dificultades que surgen a la hora de llevar acabo el proyecto de la unidad europea siguen siendo las mismas. Al contrario de China, en Europa se han consolidado durante dos mil años todos los elementos que traen consigo la diversidad y la competencia: idiomas, identidades nacionales, economías, culturas e instituciones nacionales, recuerdos históricos, resentimientos y devociones, clichés e idiosincrasias. Como historiador no puedo imaginarme cómo tales cosas pueden dejarse de lado tan solo porque una pequeña minoría en Europa lo desea.
¿Es China más feliz? Lo dudo. Visto de esta manera, estamos agradecidos con Peer Steinbrück, pues su estereotípica condena alemana a los italianos (payasos, cómicos) simplemente confirma por qué el sueño de una gran Europa unida colapsa con tanta frecuencia. La razón es la gran diversidad del continente, la cual nos ha traído mucha miseria y numerosas guerras, pero que también ha hecho de Europa la región más próspera y más libre de la Historia mundial.

Markus Somm Editor Ejecutivo, Basler Zeitung

Este artículo fue publicado en alemán el 02.03.2013 en el diario Basler Zeitung, y es reproducido en el blog de Clásicos UR con permiso del autor. Traducción por Daniel Raisbeck, Director del Archivo Histórico de la Universidad del Rosario, Bogotá.

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