Nicolás Gómez Dávila

Por: Daniel Raisbeck.

Es curioso que se esté llevando a cabo la celebración del centenario del nacimiento de Nicolás Gómez Dávila en varias universidades colombianas, principalmente porque el mismo Gómez Dávila ni obtuvo un título universitario- de hecho, no lo intentó- ni perdía oportunidad para cuestionar a la academia y en especial a las facultades humanísticas, las cuales calificaba de gremios compuestos de arribistas y pseudo-eruditos. Un diploma de dentista es respetable,” escribió en sus escolios, “pero uno de filósofo es grotesco”.

«El catolicismo es mi patria», Nicolás Gómez Dávila

Nicolás Gómez Dávila en 1930. colección de tarjetas de visita de personajes históricos colombianos del siglo XIX y primeros años del siglo XX recopiladas por el señor José Joaquín Herrera Pérez. Fondo Antiguo Biblioteca Luis Ángel Arango.

Nicolás Gómez Dávila en 1930. Fotografía tomada por un amigo en la ciudad de Paris, Francia,  colección de tarjetas de visita de personajes históricos colombianos del siglo XIX y primeros años del siglo XX recopiladas por el señor José Joaquín Herrera Pérez. Fondo Antiguo Biblioteca Luis Ángel Arango.

El que haya leído su obra o al menos parte de ella- como es mi caso- debe preguntarse cómo reaccionaría el patricio Gómez Dávila al presenciar la conmoción que sus escritos de repente están causando dentro de algunos sectores de la academia criolla, aquella petite-bourgeoisie intelectual según el jerárquico punto de vista gomezdaviliano. En mi opinión- y nunca conocí personalmente a Gómez Dávila- se podría parafrasear lo que escribió Christopher Hitchens al enterarse que, en Sarajevo, se idolatraba a Lucky Jim (o, como diría un serbo-croata, Ze Lucky Jim), la magistral novela cómica del gruñón inglés Kingsley Amis:

“como hubiese sonreído el viejo gavilán, con una mezcla de orgullo y desprecio, al pensar que era tan admirado por un montón de académicos profesionales- no, de pedantes titulados”.

Y supongo que a Gómez Dávila no sólo le hubiera causado gracia el saber que su obra ha inspirado congresos internacionales con ponencias tituladas, por ejemplo, “La trascendencia como anhelo en el pensamiento de Nicolás Gómez Dávila”, sino también el esfuerzo que han hecho últimamente algunos periodistas locales por presentarlo como “uno de los mejores escritores que ha dado Colombia”. En realidad, Gómez Dávila le dedica un buen número de sus aforismos a justificar para sí mismo el hecho de que no nació en una de las antiguas y orgullosas naciones del Viejo Mundo civilizado, sino en lo que Martin Mosebach, filósofo alemán que vino a Bogotá explícitamente para conocer al autor de los Escolios, llamó “un lugar de exilio en los márgenes de la tierra habitada”. Su conclusión:

“El problema básico de toda antigua colonia: el problema de la servidumbre intelectual, de la tradición mezquina, de la espiritualidad subalterna, de la civilización inauténtica, de la imitación forzosa y vergonzante, me ha sido resuelto con suma sencillez: el catolicismo es mi patria”.

El caso de lo que en términos pedantes se llama “la recepción” de Gómez Dávila en su tierra natal es parecido al de Jorge Luis Borges. Como escribe Mario Vargas Llosa, Borges era “un ilustre desconocido hasta que Francia, Europa y los Estados Unidos hicieron saber a los argentinos que tenían un genio en casa”. En cuanto a Gómez Dávila, fueron sobre todo los alemanes los que lo “descubrieron” e informaron a los colombianos que en una señorial residencia de la calle 76 con carrera 11 de Bogotá- hoy convertida en una oficina de Servientrega- vivía uno “de los más grandes pensadores católicos del siglo XX”. Es de ahí que surgen los congresos académicos, artículos periodísticos y centros de estudios epónimos que señalan el principio de la deificación del sabio. Luego se erigen estatuas y se nombran avenidas en su honor.

Goméz Dávila en su biblioteca. Cortesia de Fernando Araujo Velez, para el Periodico en edición Virtual El Espectador.

Goméz Dávila en su biblioteca. Cortesia de Fernando Araújo Vélez, para El Espectador, edición virtual.

Otro paralelo entre la vida de Borges y la de Gómez Dávila es que ambos recibieron su educación formal, la cual no pasó del gimnasio humanístico, en Europa. Tanto Borges en Ginebra como Gómez Dávila en París fueron educados bajo el viejo modelo clásico, basado en la enseñanza del griego y del latín, aquellas artes quibus ingenia ad magnae fortunae cultum excitantur que desde el principio del siglo anterior estaban desapareciendo en una región llamada, irónicamente en este caso, América Latina.

“El occidente habrá muerto cuando muera la presencia de Grecia en un alma cristiana”, Nicolás Gómez Dávila

La influencia de los clásicos sobre Borges es seguramente más conocida; para Gómez Dávila, “el occidente habrá muerto cuando muera la presencia de Grecia en un alma cristiana”. En cuanto al estudio del griego y del latín, escribe lo siguiente: «las lenguas clásicas tienen valor educativo porque están a salvo de la vulgaridad con que la vida moderna corrompe las lenguas en uso».

Tal vez basten estas razones para seguir estudiando los clásicos, tal como siguen haciendo los europeos cuyo descubrimiento de Gómez Dávila contiene más de una lección para nosotros.

La primera vez que oí nombrar a Gómez Dávila fue en Berlín, donde un historiador de Tübingen me preguntó, al enterarse de mi nacionalidad, si conocía los Escolios. Posiblemente fue la única vez en que una conversación de ese tipo no procedió hacia los inevitables temas de la violencia y el narcotráfico, esto pese a los millones que ha venido gastando el Estado en inanes campañas publicitarias como la de “La respuesta es Colombia”. Si según los tecnócratas la meta es “renovar la marca país”, vale más la obra de un erudito independiente que toda la propaganda estatal que se pueda exportar con fondos del fisco.

Como sabía Gómez Dávila, “la política sabia es el arte de vigorizar la sociedad y debilitar el Estado”. El que sea infinitamente menos leído él que García Márquez es sin duda una de las mayores tragedias colombianas.

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