¿Por qué estudiar clásicos?


¿Por qué estudiar clásicos?

El evento de inauguración de los estudios Clásicos en la Universidad del Rosario se llevó a cabo en el Archivo Histórico el jueves, 7 de marzo de 9 AM a 10:30 AM.

Como invitado especial estuvo presente el honorable Sr. David Hutchinson, quien estudió Clásicos (Literae Humaniores) en la Universidad de Oxford antes de comenzar una exitosa carrera en el sector financiero. Trabajó varias décadas en Colombia y fue director de Lloyds Bank en el país hasta 1998. El Sr. Hutchinson habló de su experiencia en la legendaria facultad de Clásicos de Oxford, de su transición al mundo de las finanzas y de la manera en que su educación clásica lo benefició durante su vida profesional.

El siguiente es el texto del discurso de Daniel Raisbeck, director del Archivo Histórico:

Hasta cierto punto, los clásicos no necesitan defensa. Como dijo una vez Thomas Jefferson, leer a los grandes autores antiguos en el idioma original- griego o latín- es un lujo sublime. Y cualquier persona que haya leído una oda latina de Horacio- para dar tan solo un ejemplo- ha tenido la exaltada experiencia estética a la cual se refirió el estadista norteamericano. Por su parte, un filólogo clásico alemán llamado Friedrich Nietzsche se refirió a la poesía de Horacio de la siguiente manera:

“es un mosaico de palabras, en el cual cada una de ellas radia su fuerza como sonido, como lugar, como concepto, a la derecha y a la izquierda y encima del todo; hay un mínimo de alcance y número de símbolos que obtiene un máximo de energía”.

Tal efecto es posible únicamente gracias a la naturaleza del latín, y cualquier latinista diría que la larga labor de aprender esta lengua antigua se justifica tan solo por la experiencia estética que le brinda al lector.

Pero, desafortunadamente, el mundo en que vivimos exige de los jóvenes resultados inmediatos, y sobre todo resultados comerciales y políticos; la musa que inspira a algunos a sufrir largas horas aprendiendo declinaciones y partes principales para poder leer a Píndaro o a Sófocles no siempre descresta al mundo utilitario en el cual deben sobrevivir los estudiantes, tras diez semestres en instituciones que se siguen llamando- en ocasiones con cierto grado de hipérbole- de educación superior.

Pero resulta que el estudio de los clásicos- tanto de las lenguas antiguas como de la civilización grecorromana en su totalidad- tiene también sus usos prácticos, y no sólo porque los clasicistas pensamos que nada puede ser más práctico que conocer a fondo lo más grandioso que ha producido la humanidad.

Empecemos por la utilidad de aprender griego o latín. La gramática y la estructura sintáctica de las lenguas antiguas, por tener un alto grado de flexión, son de una complejidad enorme, así que su dominio requiere un gran nivel de rigor mental y concentración. El significado de una frase griega o latina no es determinado por el orden de las palabras, sino por la relación entre las construcciones gramaticales. Por lo tanto, algunos han comparado el leer una oración en las lenguas clásicas a resolver un problema matemático o a armar un rompecabezas.

Alcibiades y Sócrates  Ἀλκιβιάδης  -  Σωκράτης.  Ilustración del libro "Plutarch`s Lives" mejor conocido como Vidas Paralelas de Plutarco.

Alcibiades y Sócrates Ἀλκιβιάδης – Σωκράτης.
Ilustración del libro «Plutarch`s Lives» mejor conocido como Vidas Paralelas de Plutarco.

Llewelyn Morgan, profesor de Clásicos en Oxford, dice que “el latín es las matemáticas de las humanidades”, resaltando que, a diferencia de la matemática pura, el latín involucra el divertido ejercicio de “aprender acerca de diosas, gladiadores y caballos voladores”. Por su parte, Boris Johnson, clasicista y actual alcalde de Londres, afirma que aprender las lenguas antiguas es “un entrenamiento mental fantástico”, pues “el uso apropiado del griego y del latín requiere una gran cantidad de disciplina mental- es necesario entender la gramática y poner cada una de las piezas del rompecabezas en su sitio”, algo que naturalmente desarrolla el pensamiento crítico.

No sorprende, entonces, que haya una “cantidad sustancial de evidencia de que los niños británicos que estudian latín superan a sus colegas en comprensión de lectura y vocabulario” al igual que en áreas de pensamiento más abstracto “como la computación, la conceptualización y la solución de problemas”, tal como escribe el periodista Toby Young.

Se puede afirmar, entonces, que al abandonar el ejemplo de naciones como Gran Bretaña, Alemania, Suiza y EEUU y eliminar el aprendizaje del latín en nuestros colegios y universidades, los colombianos no sólo hemos privado a nuestra juventud de una lengua que la conecta directamente con las raíces clásicas de nuestra civilización, sino también del oportunidad de que desarrolle la agilidad mental indispensable para prosperar en la carrera global económica del siglo actual.

También es difícil trazar un plan para el futuro de una nación sin tener una perspectiva clara de su pasado. Y francamente no veo cómo podemos conocernos a nosotros mismos, como sugería la famosa inscripción sobre el templo del dios Apolo en Delfos, sin tener si quiera la más básica noción de los fundamentos de la sociedad que nos creó.

En su obra maestra, El declive y la caída del Imperio Romano, Edward Gibbon, escribiendo durante el siglo XVIII, describe el destino singular de España, la cual

“era el Perú y el México del mundo antiguo. El descubrimiento del próspero continente occidental por los fenicios, y la opresión de los humildes nativos, quienes eran obligados a trabajar en sus propias minas para el beneficio de extranjeros, refleja un tipo exacto de la más reciente historia de la América Española. Los fenicios conocieron sólo la costa de España; la avaricia, al igual que la ambición, llevó a las armas romanas y cartaginenses al corazón de ese país. Y encontraron en virtualmente todo rincón una tierra preñada con cobre, plata y oro”.

Ahora, podemos perpetuar leyendas negras y culpar al pasado por las desdichas presentes, pero sólo el conocimiento de los clásicos y de la historia antigua de Occidente le brinda al estudiante la perspectiva necesaria para percibir la verdad histórica de que, como lo sabía el autor ateniense Tucídides, el pueblo oprimido de hoy muchas veces es el opresor de mañana. Esto es tan solo una consecuencia de la inmutable naturaleza del hombre, la cual los antiguos constantemente estaban intentando descifrar.

Si fuimos colonia de una antigua colonia romana, desde hace dos siglos hemos intentado ser una república. La palabra misma es un legado de Roma, legado que está presente en la vida política diaria colombiana: tenemos senadores, procuradores, ediles y hasta cónsules, pero me pregunto si un factor que no ha permitido que nuestras instituciones republicanas florezcan sea el ignorar ciertos pilares de aquella república original mientras se mantuvo en su gloria. Me refiero a:

  • Tener límites claros al tiempo de mandato a todo nivel político; los romanos usualmente ocupaban cargos anuales.
  • Tener cargos compartidos, tal como el de los dos cónsules; cada uno limitaba el poder del otro.
  • Mantener una burocracia mínima al dejar la administración en mano de los ciudadanos y las comunidades al mayor grado posible.
  • Tener un ejército compuesto de ciudadanos, más no de mercenarios.
  • Nunca darle demasiado poder a un solo hombre.

Éstos eran, para los romanos de la República, los fundamentos de la libertad, y los menciono para argumentar que, desde el punto de vista político, no sólo vale la pena estudiar a los antiguos para entender el origen de nuestras instituciones, sino también porque ellos nos ofrecen un sinfín de lecciones prácticas en lo que concierne el arte del gobierno.

Tomemos el caso de Atenas. La democracia ateniense era del todo distinta a la nuestra. Su esencia era la siguiente:

  • Las decisiones las tomaba la asamblea de todos los ciudadanos, quienes en la práctica eran los legisladores.
  • La elección a los cargos públicos era por sorteo.
  • El ciudadano sólo podía ejercer cargos públicos dos veces en su vida.
  • Tras el término de un período, todo oficial debía presentarse frente a la euthuna, un tribunal popular que investigaba su gestión y determinaba si debía ser procesado por corrupción o incompetencia.
  • Al comienzo del siglo V a.C. se creó la institución del ostracismo, por medio de la cual los ciudadanos votaban en la asamblea para exiliar de la ciudad a un político particular por un período de diez años, sin que éste perdiera su ciudadanía ni su propiedad.

Estas eran medidas diseñadas para prevenir la tiranía de un solo hombre, pero a la vez prevenían el dominio de la política por una clase burocrática, tal como la que existía en los grandes reinos de Oriente, regímenes despóticos desde el punto de vista griego.

Teniendo en cuenta que nuestros estados en occidente se asemejan cada día más al despotismo burocrático oriental, yo sugeriría que es esencial que los estudiantes de ciencia política y gobierno aprendan acerca de la libertad al conocer a fondo los fundamentos de las repúblicas antiguas.

También me atrevo a decir que, por lo menos en Colombia, una especie de ostracismo del siglo XXI tendría todo tipo de usos prácticos; admito que, por mi parte, no sería difícil componer una corta lista de políticos locales a quienes enviaría al exilio por medio del voto, si no por diez años al menos, entonces, por cinco.

El estudio de los antiguos también nos demuestra que casi ninguno de los problemas políticos que enfrentamos es nuevo, y que éstos muchas veces tienen soluciones. Tal como nosotros, el legislador Clístenes, quien estableció la democracia pura en Atenas, se vio enfrentado con un caso grave de lo que hoy llamaríamos clientelismo- de hecho una práctica que heredamos de España vía Roma. En Atenas, ciertas familias de terratenientes mantenían sus feudos electorales, y de esta manera lograban controlar la política o al menos impedir el avance de la democracia. Clístenes acabó con el clientelismo al establecer el demo– una pequeña unidad local- como base del sistema político. Luego creó unidades políticas mayores basadas en una mezcla de demoi de distintas regiones de Ática. De tal modo, Clístenes quebró el control geográfico de los oligarcas de antaño sobre sus bases electorales, y así sentó los fundamentos de la democracia que llegó a ser el estado más poderoso de Grecia, y cuyos logros culturales aún marcan la pauta de la excelencia humana en Occidente.

Para dar otro ejemplo, la ciudad griega de Éfeso en Jonia, en la costa actual de Turquía, llegó a tener un problema con el cual los bogotanos estamos bastante familiarizados. Me refiero al mal uso de fondos del fisco a la hora de construir obras públicas. La solución que encontraron los ciudadanos, la narra el gran arquitecto romano, Marco Vitruvio Pollio:

“En la noble y amplia ciudad griega de Éfeso se dice que una ley antigua, dura en su condición pero no inicua en cuanto a la justicia, fue instituida por los ancestros de los habitantes. Según ésta el arquitecto, cuando recibe una obra pública que debe ser ejecutada, promete que será completada por cierto costo. La estimación siendo encomendada al magistrado, los bienes del arquitecto son apropiados por el Estado hasta que el proyecto haya sido completado. Al final de la obra, si el arquitecto responde que los costos corresponden a lo propuesto originalmente, es premiado con decretos y honores. De la misma manera, si no es necesario hacer adiciones mayores a una cuarta parte de la suma original, la diferencia la paga la tesorería pública, y el arquitecto no es obligado a pagar multa alguna. Pero si más del 25 % de la suma original ha sido consumido en la obra, se requiere que el dinero para completar la diferencia salga de los bienes del arquitecto.

¡Si tan solo los dioses inmortales”, exclama Vitruvio, “pudiesen lograr que esta ley la adoptara el pueblo romano, y no solo para edificios públicos sino para los privados también”!

Y yo sugiero que si en Bogotá hubiéramos tenido una práctica similar a la de Éfeso, menos lúgubre hubiese sido la historia de la ciudad durante los últimos años.

Los antiguos claramente enseñan a gobernar, pero quisiera también resaltar el ejemplo que nos brindan a la hora de pensar e indagar libremente, sobre todo cuando esta libertad innata al hombre la amenaza o la cohíbe el poder político.

Hoy en día, se dice que un intelectual es aquél que le dice la verdad a los poderosos. Bien, los griegos no hablaban de intelectuales, pero sí tenían hombres sabios. Solón de Atenas se rehusó a decirle al Rey Creso de Lidia, el hombre más rico del mundo, que también él era el más feliz de la tierra, tal como quería oír el déspota; renunciando a una segura recompensa, Solón explicó que, teniendo en cuenta las impredecibles variaciones de la fortuna humana, los hombres más felices que conocía habían sido griegos sobresalientes tan solo por haber llevado una vida moderada y virtuosa hasta el final de sus días.

Por su parte, el filósofo Diógenes fue buscado en Corinto por Alejandro Magno, ya maestro de Macedonia y de Grecia entera. Cuando el rey más poderoso del momento le dijo a Diógenes que haría lo que fuera para complacerlo, éste le pidió cordialmente a Alejandro que se apartara de su camino, pues estaba cubriendo el sol que lo calentaba.

Ciertamente, los antiguos no siempre mantuvieron tal independencia indómita de pensamiento. El orador Favorino cedió un argumento frente al Emperador Adriano pese a tener la razón, y luego explicó que debía considerar el hombre más erudito del mundo a  aquél que comandaba treinta legiones.

Sin embargo, el espíritu de indocilidad frente al poder despótico la mantuvieron hombres libres inclusive después de la caída del Imperio Romano en Occidente. Anico Manlio Severino Boecio, proveniente de una antigua familia romana, fue cónsul en el año 510 y luego llegó a ser el estadista más importante del reino del Ostrogodo Teodórico, un bárbaro que se había hecho maestro de Italia. Tras caer de repente del poder y verse en prisión enfrentando la muerte, Boecio, en su famosa Consolación de la Filosofía, concluye que los honores estatales tienden a ir a los hombres más inicuos y menos merecedores; no podemos juzgar a un hombre digno de reverencia por cuenta de su cargo, escribe, sobre todo si lo consideramos poco digno del cargo mismo.

Esta es una lección obvia, pero que frecuentemente olvidamos en nuestra sociedad, donde alabamos los títulos académicos y el boato del poder, y donde las condecoraciones parecieran caer del cielo sobre los hombros de casi cualquiera que ejerce un cargo elevado. Nuestros gobernantes, mientras tanto, se preocupan por su imagen sobre todas las cosas, y contratan con fondos públicos a ejércitos de supuestos expertos que elaboran pociones mágicas para establecer y mantener para sus maestros una reputación de cierto tipo.

Esto, por supuesto, también existía en el mundo político griego hasta cierto punto. Pero, como escribe el clasicista Peter Jones,

“los griegos siempre estuvieron conscientes del peligro de las apariencias; el poeta trágico Esquilo describe a un héroe de tal manera: ‘No quería aparentar, sino ser, el mejor’. La reputación, para los griegos, no valía nada frente a la realidad, y no había agencia de publicidad que pudiera alterar esto».

Según Aristóteles, lo que cuenta al final no son nuestros deseos, motivaciones o ambiciones- por extensión mucho menos la autoestima (un concepto presuntuoso), el género, la raza, la preferencia sexual, etc-, sino lo que hacemos, nuestras acciones”.

Éstas son algunas de las lecciones de los antiguos que, en mi opinión, pueden beneficiar enormemente a nuestros estudiantes de política. Y aprovecho para concluir diciendo que, en mi opinión no hay mejor lugar en este país para retomar el estudio de los clásicos que este claustro. Una estructura colonial con claras influencias romanas, el claustro del Rosario yace 360 años después de su construcción como una perla arquitectónica en medio del caos urbano porque exhibe las tres cualidades que, según Vitruvio, debería exhibir cualquier edificio noble y duradero: utilitas, firmitas, venustas: utilidad, firmeza y belleza.

Tan solo es necesario salir del claustro y hacer una caminata por el centro de Bogotá, entre edificios construidos durante el siglo pasado con el fin de la utilidad pero sin belleza alguna, para sentir los tenebrosos efectos de lo que sucede cuando abandonamos los parámetros clásicos.

5 Respuestas a “¿Por qué estudiar clásicos?

  1. Que bueno que hayan modernizado el site, pero no entiendo por que latin me gustaban los artículos del site anterior. este quedó un poco pesado para teléfonos y tabletas.
    estaré pendiente de que contenidos van subiendo pues me interesa

  2. Me gusta la nueva cara de este blog y como se están poniendo las pilas, pero hace falta las cosas de historia espero que en otras entradas involucren la influencia clásica con el material que ustedes conservan

  3. Por lado estoy asombrado del nuevo cambio, pero por otro lado quiero resaltar la labor de Juan Carlos, que va a las clases y nos muestra todas las cosas maravillosas que conserva nuestro archivo, la pagina pinta bien espero que pronto comiesen con el material de historia pero también es importante resaltar la colección de libros en latín y puedan digitalizarlos pronto…

  4. Que buena noticia verlos de nuevo. Valió la pena la espera, espero que Juan carlos siga en el equipo de trabajo ya que le ha dado una visibilidad importante al archivo histórico y más con este nuevo reto que se les avecina… Muchos Exitos.

  5. Les agradezco por los comentarios. La meta principal es hacer visible el material relacionado a los clásicos que conserva el Archivo Histórico, el cual ha permanecido algo escondido durante los últimos años. Por lo tanto estaremos digitalizando nuestros libros en latín y subiendo las entradas al blog de una manera similar a lo que se hacía en el sitio anterior. El proyecto será parte de la (re)introducción de la enseñanza de las lenguas clásicas en el Rosario.

    Cordialmente,

    Daniel Raisbeck

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